martes, 27 de enero de 2009

Rara Avis



Siempre huyo de la palabra excéntrico. Debe ser porque a veces me siento así, como lo que define cualquier diccionario. Que excéntrico es algo o alguien raro, extravagante o "fuera de lo normal".
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Si dijese que no me han adjetivado así , mentiría. Desde que tenía unos 13 años la gente hacía sus diferencias. "Sos una Rara Avis" fue lo último que oí, hace dos días.
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A veces me pregunto que qué tengo de excéntrico. Siempre pensé que Cyndi Lauper y Salvador Dalí pertenecían a ese exclusivo club. Yo nunca he afectado mi imagen externa con artilugios para causar ese efecto. Me visto normal. Sin pelucas ni bigotes raros. Uso calzón y me cepillo los dientes.
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Entonces la excentricidad la llevo por dentro supongo. En las cosas que hago o digo. No obstante, yo más bien creo que siempre he sido tantito distinto, no excéntrico.
Porque siempre he creído que la excentricidad baila alrededor de la vergüenza. De no sentir vergüenzas. Pero yo soy una persona que siente vergüenza en plural. Siempre he tenido terror a mostrarme desnudo, en la intimidad, con el bombillo encendido. Me avergüenzo de no saber de fútbol. Me avergüenza no entender las misas, para mí siguen en latín. Con frecuencia me siento extranjero en mi propio país, y se me olvida en qué idioma hablo. Y cuando voy en avión busco agarraderos de bus...
Le tengo terror a la desaprobación de mi papá, a estas alturas ya debería al menos ignorarle un poco. Pero no me da vergüenza reconocer todo eso, quizás si soy medio excéntrico. Pero no del todo.
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No soy Cyndi Lauper. No. Ni ex guitarrista de Aerosmith. Aunque admito que hay situaciones que sí me sofocan. Conocer a alguien (egocéntrico, soberbio, católico, narrow-minded o demasiado frívolo) me provoca inmediato hastío. Mi fórmula es distraerme. Parecer como alguien muerto en vida. Mi mente mientras tanto viaja por países que no conozco. Y la persona pierde interés en mí. Fácil. Eso podría interpretarse como excéntrico, creo.
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Siempre me han dicho que hay dos tipos de gente. La palomática (las personas que han hecho algo grandilocuente con su vida) y las que no son palomáticas (la gente promedio). Pero a mí me dan todas igual en el trato. Si soy torpe, igual, el palomático lo notará y lo contrario. Entonces no debo pretender ser alguien. Sino yo. No me apetece causar efectos. Pero eso es interpretado como excentricidad.
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Mi abuela muchas veces me critica. Que porqué no me caso. Que me asoman barrigas y entradas. Que debería pedir aumento. Qué si estudias esto o aquello moriré de hambre. Mi respuesta es dejarle de hablar, con sutilidad. No la visito por semanas. Me desconectó de la gente. No me gustan los reclamos. Y reclamo cuando hay un grado de injusticia grande. Eso es interpretado como excentricidad.
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Si algo tengo de excéntrico es que me deprime la luna llena o me corto el pelo yo solo. Eso me parece hasta a mí medio excéntrico, pero no del todo. O que sienta nostalgia de cosas que no viví. Que duerma siempre con las ventanas abiertas, aunque tenga la peor tos. Que las veces que me he enamorado se puedan contar con una mano y me sobren dedos. Que me guste bañarme a solas, en los ríos. Que no quiera salir de casa por días enteros. Que me vuelvo un ser taciturno sin más interés que observar alrededor. Que coleccione zapatos parecidos...por lo demás no soy un rara avis.

viernes, 2 de enero de 2009

Botellas vacías

El año nuevo lo recibí en la autopista sur. Solo. Mi carro era el único que la recorría de oriente a occidente. En la radio decían que eran las 12 y la ciudad se bañaba en confetis de fuego. Parecía reir y llorar. Luego, y como reflejo de lo anterior, a mi mamá se le escurrieron las lágrimas y las risas, con los muchos abrazos y los efectos de dos vasos de Baileys: "tenes que hacer esto y lo otro", me decía, luego bailamos la cumbia sampuesana y la "Pipiripau". Más risas, comida y vodka.
Tras el abrazo a toda mi familia, me fui a otra fiesta, con Silvia. Allí oí mil cosas sobre sexo, algunas que no sabía, y que con alcohol en la sangre suenan a envidiables proezas. Regresé a casa a las 6 de la mañana, medio bolo, muy cansado.
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Para los que estaban dormidos: el amanecer del 1 de enero fue el más bonito del mundo. Claro e iridiscente. Pero me resultó sobrecogedor regresar a casa, ver la cocina llena de platos, comida, botellas vacías, ron, vodka, vino, pan, cigarros...ya no estaba bailando nadie, ya no estaba mi mamá, ni mis tíos. No habían carcajadas. Eran solo los escombros del 2008.
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No he tenido tiempo de pensar que dejo 2008. No lo haré. Estoy aburrido de ver para atrás. Vi la sala de mi casa, mientras subía las escaleras -en busca de mi cama- vi luz solar entrar por las ventanas. Me pareció más bonito ver todo aquello y me dormí. Desperté hacia las 2, con sed.