jueves, 9 de agosto de 2012

"Decora Live"





Esta es una de las paredes de mi casa. Me tomó dos años decorarla.

Voy a tratar de resumirla, al estilo Olga Miranda o Martha Stewart. Hace dos años -como periodista-, me dirigí hacia el borde más norteño y desolado del departamento de Usulután. Quería conocer Gualcho.

De Gualcho sabía que era  una hacienda añilera. Una  que -en 1828- quedó en medio del fuego cruzado entre derechistas e izquierdistas.  Estos últimos, liderados por Francisco Morazán, querían que Centroamérica fuera una sola cosa. Y esa fue la idea que ganó en Gualcho...

Cuando llegué a Gualcho, sentí calor y escalofrío. Parecía que recién había combatido Morazán. Según un niño careto, la hacienda se vino al suelo a penas tres días antes. No soportó tanta lluvia y abandono. Quise llevarme algunas de las columnas de cedro que sostenían su corredor, pero medían más de tres metros de largo. Y me fui por lo práctico, tomé el remate de dos vigas de corredor que tenían un perfil acolochado. Mis compañeros se burlaron de mí: ¿Qué vas a hacer con esos leños? ¿vas a hacer carbón?

Para ahorrarme burlas adicionales, al llegar a casa escondí "los leños" debajo de mi cama. Poco después,  los llevé a una carpintería para que los uniera. El carpintero se quedó con los ojos redondos.  "Esta madera es viejísima., pero solo una de las vigas es de cedro. La otra es de conacaste", me explicó antes de rebanarlas y unirlas. Esperé varios meses para viajar con el largo leño hasta el otro extremo del país, hasta Ataco. En este pueblo sabía que existían muchos "santeros" o talladores. Y el día que tenía pautado ir, metí el madero dentro de uno de los pick-ups de mi trabajo. Allí me gané otro racimo de burlas, el último.

Al llegar a Ataco, desde la calle, en el interior de una sencilla casa,  atisbé a alguien que tallaba un diminuto San Miguel Arcángel. Me acerqué al tallador. Vi su trabajo. Coticé. Le mostré un libro con arte colonial mexicano. Volví a cotizar. Y por $40, más el libro, acordó esculpirme un querubín rematado por dos dalias.  Eso le tomó dos meses a él.  Y a mí, cuatro meses más para ir a recogerlo, en septiembre de 2011.

En mi casa, el leño labrado fue un éxito.  Pero yo no quedé a gusto. El leño necesitaba un cuadro, un reloj o algo que, encumbrado,  le diera simetría o juego.  Y tácitamente, proyecté volver a pintar. Tenía que pintar algo que tuviera algo de Gualcho,  algo del lugar donde iba a ser colgado (en este caso, el comedor) y algo mío. En octubre, manejé hasta la Escalón, a la librería Moderna, para comprar papel de acuarela y pintura Gouache, un tipo diferente de acuarela, como más opaca y menos traslúcida. Recorté el papel en dos cuadrados perfectos. Y decidí que uno exhibiría a una gallina "sarada"; y el otro un gallo. Ambos pajarracos estarían "de metidos" en la cocina, viendo qué comen. Detrás de ellos, la ventana, recortada por azulejos,  abriría un panorama visto en dirección sur, como si la cocina estuviera en Gualcho. Por eso, detrás de las palmeras, asoma el volcán de San Miguel. Y detrás de la ceiba, la sierra de Chinameca y Berlín.

Pensé que iba a terminarlo antes de Navidad. Pero no. Estaba cansando de trabajar o de trasnochar  por culpa de un par de amigos y del internet. Y esporádicamente, lo pinté hasta terminar de parirlo  la madrugada del 1 de agosto de 2012. Inmediatamente fui a enmarcarlos. Y finalmente, después de más de dos años (para el madero quizá serían siglos), el conjunto está terminado. A propósito, la cerámica también la compré, durante dos años, pensando en el leño. Este que no tuvo inauguración, más que un post del Horny Journey.

Todo conspiró en contra de una inauguración celebrada con algún comentario o una cena brugal frente a él.  Horas antes. En la madrugada, una cordal me despertó con dolor. Minutos después, a través de una llamada telefónica supe que mi abuela Mila se cayó tres veces sobre sí misma. Que está amoratada y fracturada y que requerirá ser operada. La fui a ver.

Más tarde, en el trabajo, mi compañero regresó de vacaciones y fui incapaz de darle la bienvenida (debe pensar que soy un envidioso). Al husmear Facebook, me di cuenta que mi mejor amigo se "enamoró" de alguien en Guatemala a donde viajó recién de vacaciones. Y me dio tristeza porque, a diferencia, estoy lejos de salir con alguien o de tener un "amor de verano".  Para colmo, hay alguien que me gusta que me dio "restricción" en su muro de Facebook. Y en la tarde-noche, el equipo de fotoperiodistas cometieron una especie de negligencia al no asistir a un lugar estipulado un día antes. Y en medio de todo, el dolor de la cordal se me volvió insoportable, telefoneé al ortodoncista y me fui a buscarle. Desmuelado, todavía fui de nuevo donde la abuela, a recoger a mi mamá.

Al llegar finalmente a casa, en la noche, dolorido por la muela extraída, busqué dos clavos y un martillo. Colgué los cuadros, limpié el leño, puse los jarros y las velas.  Mi papá no dijo nada, seguramente la escena le pareció muy marica. Pero ni modo. Terminé algo que empecé hace más de dos años. Yo me aplaudí en silencio. Y ahora, sueño con vivir solo  pronto. Me mudaría con todo y mi leño de Gualcho. Este que ahora tiene, tatuado, un querubín, Y encaramado, una gallina y un gallo.



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