miércoles, 18 de junio de 2014

Yo fui el Bronx


En bachillerato, alguna vez me apodaron el "Bronx". Sí, al igual que el más empobrecido de los cinco distritos o "boroughs" que componen a New York City (NYC).   En 1999, terminaba el bachillerato en un colegio teóricamente bilingüe. Y Gabriela, la compañera con la que me llevaba mejor en clases, había vivido en NYC. De manera esnob, frente a toda la clase, ella solía platicarme (a veces en inglés) de lo lindo que era la isla de Manhattan y de lo horripilante que le parecía el vecino condado del Bronx, algo así como el equivalente a nuestro Soyapango. Con sorna, medio colegio la llamó "la Bronx". Y a mí el "Bronx".

Yo asumí mi apodo. Tanto, que para la clase de inglés me dieron a elegir cualquier tema para dar un "speech" de 20 minutos. Y elegí  "the NYC landmark buildings". Hablé sobre el Empire State, the Brooklyn bridge, the statue of Liberty y el Bronx. Obtuve una buena calificación, pero eso no mereció que conociera esta ciudad hasta 14 años después.

Llegué a NYC casi a media noche en un vuelo de Delta Airlines. Desde la ventanilla, alcancé a ver la estatua de la libertad, iluminada, color turquesa. Y poco después apareció el rascacielos más alto y nuevo de Estados Unidos, el "Freedom tower". Y detrás de él, una altísima y abultada mole de edificios, de entre los que destacaba la torre Crysler y el Empire State (iluminado de azul). La imagen nunca se me va a olvidar. Ni en París, ni en Londres, ni en México vi esa cantidad de edificios.

 Al salir del aeropuerto La Guardia, me sentí aldeano. Vi a un montón de taxistas morenos y a algunos latinos con cara de pocos amigos y sentí miedito. Tenía que buscar cómo llegar a un hotelito en Queens. Adelanté dos horas al reloj.  Y tomé un bus, el Q70. En el viaje, una señora colombiana me puso al tanto de cómo funciona la ciudad. Me explicó sobre una tarjeta del metro que costaba $31 y que tenía que hacer el "swipe" (o deslizarla como una tarjeta de crédito en una máquina) y ésta misma me daba derecho a usar el metro ilimitadamente durante 6 días. Me ayudó con la maleta, hasta llegar a una estación llamada Jackson Hts y Roosvelt Avenue. Y allí me sentí apabullado, quizás por el herrumbroso ruido del metro pasando sobre su puente aéreo de metal. O quizás porque la estación del metro era tan antigua, con azulejos desteñidos, oxido y rótulos que explicaban los días en los que había fumigación anti-roedores. Vi lo que nunca había visto en otra ciudad: un metro que funciona las 24 horas del día. Los pasajeros: había un gringo que recitaba versículos de la Biblia. Y otro que tenía la mirada perdida en una ventana, que sin descanso se llevaba la cabeza de izquierda a derecha. Preferí sentarme junto a un grupo de morenos que tenían sus cabezas encasquetadas en medias de mujeres. Y le pedí a Dios que no me abandonará en la "Capital del mundo".  Tuve suerte de encontrar el hotel rápidamente, sin tener un celular y a nadie a quien preguntarle.
Al despertar, me asomé por una de  las ventanas del hotelito. Y lo primero que vi fue la aguja "art decó" del Empire State. Y me dio risa nerviosa. Sin perder más tiempo, me puse unas zapatillas, un short y una camisa desmangada y me dirigí hacia Manhattan, por debajo de la tierra, en el metro. Mi idea era tomar el primer vagón que viera. Así lo hice. Y 5 minutos después me baje casi al azar en la estación de la Quinta Avenida-Central Park. Fue increíble ver el verdor del Central Park y esa alameda de edilicios opulentos, como la Torre Trump que está justo al lado de la mítica tienda de Tiffany's. Y pensé en Audrey Hepburn y Capote.
Es difícil explicar con detalle todo lo que uno ve -o podría ver- en NYC. Los pináculos de la catedral de San Patricio son altísimas pero lucen enanos junto a esos mastodontes de vidrio y acero. Las tiendas y las plazas, como la del Rockefeller Center, son muy-muy bonitas. Ya tengo sueño, me siento cansado, creo que este post llegó hasta aquí.





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